Viajo mucho por trabajo, y tengo una costumbre que no negocio: me quedo uno o dos días más para secuestrar momentos, para inmortalizar esas escenas lindas que me llaman la atención en las calles de cada país que visito.
Con Madrid me pasa algo distinto. Ya sea por trabajo o por placer, casi siempre viajo con alguien: con colegas, con amigos, con pareja o con familia. Madrid es el único lugar donde la vida me puso solo, y ya van tres veces. Y la verdad es que acá me encuentro conmigo. No tengo responsabilidades, no tengo que cumplirle a nadie, y me doy el gusto de caminar, mirar y disparar hasta que las piernas no dan más. Por eso digo que lo mío con Madrid es un romance, pero en el fondo es un romance conmigo mismo.
Solo, lo que se dice solo, tampoco estoy. En Madrid tengo grandes amigos, los Carras, unos gemelos fotógrafos y madrileños. Con ellos me pierdo en recorridos larguísimos. Además, como son policías, a veces me llevan a sus turnos para que documente un poco lo que hacen. De esa amistad, además, nació la aventura que viene después de este blog: manejar desde Madrid hasta Marruecos en un camper, más de 1.300 kilómetros. Pero esa es otra historia.
En este viaje me quedé en la casa de Minerva, una amiga de ellos que conocí en esta visita. Son pocas las personas con las que conecto tan rápido, de esas que uno siente que conoce de toda la vida. Conocer a Minerva fue una alegría enorme; me parece una persona excepcional.
Madrid tiene callecitas donde la luz entra de una manera distinta cada hora del día, y rincones donde uno siente que viajó al pasado. A mí, además, me pasa algo más personal. Vivo en Costa Rica desde 2001, pero crecí en Buenos Aires, y caminar por Madrid me devuelve a esa ciudad: los cafecitos en las esquinas, la arquitectura, las plazas, los parques. Es Buenos Aires la que se parece a Madrid, no al revés, y no podría ser de otra forma, porque Madrid llegó primero. Por eso caminarla es como ver de dónde vengo.
Cuando salgo a caminar Madrid, agarro la cámara y salgo a buscar la luz que me gusta y cómo le pega a las cosas que me despiertan curiosidad. Las calles son multiétnicas, con gente de casi todo el mundo y mucho color, y son tan caminables que cuando uno menos se da cuenta terminó en la otra punta de la ciudad. Mi brújula es el mapa del teléfono: cada tanto lo abro para ver dónde estoy y decidir para qué lado seguir. Sin darme cuenta, caminaba entre 15 y 18 kilómetros por día.
Sabía que iba a pasar unos días en Madrid, así que armé el equipo con calma. Me llevé mi Leica con tres lentes: un Voigtländer 35 mm f/1.2, un Leica 28 mm f/2.8 y un Voigtländer 21 mm f/4. Y como no me alcanza con una sola cámara, sumé una de rollo, la Voigtländer Bessa R4M, con muchos rollos que estoy por revelar yo mismo en mi laboratorio. Más adelante les cuento cómo salen esas fotos.
Otro momento para el recuerdo fue un shoot con ellos y "las mellizas", dos modelos fitness que también son gemelas. Dos gemelos fotografiando a dos gemelas parecía un bug en la Matrix.
Un día salimos de la ciudad y fuimos a Patones de Arriba, un pueblito de la sierra norte, a una hora de Madrid. Las casas están hechas de pizarra negra, lo que llaman arquitectura negra, y las calles son de piedra y suben y bajan con la montaña. Su existencia está documentada desde el siglo XVI, y dicen que hasta los soldados de Napoleón pasaron de largo sin verlo. Caminándolo uno entiende por qué: parece escondido del mundo. No lo vi en un documental ni en la tele: lo pisé, y cada piedra tiene más de 500 años de gente caminándola. Eso para mí es casi mágico.
El otro pueblo que visité fue Salmerón, en la provincia de Guadalajara, en plena Alcarria. Es chiquito, de unos 150 habitantes, de esos donde se escucha el silencio, y tiene raíces medievales: su ermita es lo único que queda de un monasterio fundado hace más de seis siglos. Pero Salmerón fue especial por otra razón: ahí vive la mamá de los Carras. Fuimos a visitarla y fue una divina. Nos recibió con una comida deliciosa y la pasamos bomba, con esa calidez de casa de pueblo que no se consigue en ningún tour. Y algo más me llamó la atención: había gatos por todos lados. Soy muy de gatos, tengo cuatro en casa, así que no pude evitar fotografiarlos. Terminé el recorrido con una foto de los tres, los Carras y su mamá.
Madrid es una ciudad para caminar de día y de noche, con atardeceres preciosos y gente amable. Me enamoró, y de ahí el romance.